Hay encargos que llegan sin hacer ruido, como muchas de las cosas que luego terminan siendo especiales: una llamada en un día cualquiera, una voz cercana al otro lado y una idea clara. Así empezó este proyecto.
Era una floristería. Un equipo acostumbrado a trabajar con lo vivo, con lo delicado, con aquello que cambia a cada momento. Y necesitaban algo muy concreto: chalecos para un evento, prendas que no solo acompañaran, sino que encajaran de verdad en su forma de trabajar.
Desde el principio supe que no podían ser unos chalecos más.
Trabajar con flores tiene algo muy parecido a la artesanía textil: observar, ajustar, encontrar equilibrio. Hay una atención constante en los detalles, en cómo conviven las formas, los volúmenes, los gestos. Y de alguna manera, este proceso se movía en ese mismo lugar.
El diseño partía de lo esencial: una prenda sencilla, limpia, sin exceso. Confeccionada en muselina, un tejido ligero, adaptable y agradable al movimiento, pensado para acompañarlas durante toda la jornada. Un chaleco cómodo, que se integra sin interferir.

Y luego están los detalles, los que realmente hacen que la prenda funcione.
En el lateral derecho, dos bolsillos: uno más corto, pensado para las tijeras de podar, siempre a mano; y otro más largo, donde guardar herramientas y pequeños materiales que van surgiendo sobre la marcha.
El interior va forrado, lo que aporta cuerpo a la prenda y un acabado más pulido, sin perder ligereza. Una manera de cuidar también cómo se siente y cómo se ve.

Cada decisión respondía a algo concreto: facilitar el movimiento, ordenar lo necesario, hacer más cómodo el trabajo sin perder cierta presencia.

Al final, estos chalecos son justo eso: piezas hechas para usarse de verdad. Para acompañar manos que trabajan, que crean, que transforman espacios con flores.
Y ahí es donde todo encaja.
Recreación aproximada del chaleco en su ámbito de trabajo:


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